Nataly Robayo Susa

Grietas

 

Este performance se aproxima al hambre no únicamente como una carencia material, sino como una experiencia estructural de fragilidad humana, social y emocional. En el centro de la acción emergen las voces de adolescentes que narran sus propias vivencias a través del audio, desplazando la atención hacia cuerpos y biografías que con frecuencia permanecen fuera de la escena pública. Sus palabras irrumpen en una plazoleta de comidas a la hora del almuerzo, cuando todo alrededor parece celebrar la normalidad de la abundancia. En medio de ese paisaje cotidiano, la obra introduce una tensión deliberada: mientras circulan bandejas llenas y conversaciones triviales, se hace presente aquello que suele permanecer invisible. De ese contraste surge una pregunta ética que atraviesa toda la acción: ¿qué significa alimentarse en un mundo donde el hambre continúa habitando millones de cuerpos?
Desde una lectura sociológica, la intervención conversa con las reflexiones de Pierre Bourdieu sobre la distribución desigual de los capitales sociales, culturales y económicos. El hambre aparece entonces no como un accidente ni como un fracaso individual, sino como la manifestación concreta de estructuras que organizan de manera desigual las posibilidades de vivir, habitar y sostener la vida. Las voces de los adolescentes dejan entrever trayectorias marcadas por habitus atravesados por la precariedad, donde incluso el gesto elemental de comer se convierte en un territorio de disputa simbólica, material y afectiva.

En este contexto, el plato emerge como un objeto cargado de memoria cultural. Es recipiente de alimento, pero también metáfora de cuidado, hogar y pertenencia. En muchas culturas, compartir el plato constituye un gesto elemental de reconocimiento dentro de una comunidad de vida. Cuando el plato cae y se rompe, la acción no se limita a registrar la fragilidad del objeto: expone la fractura de los vínculos que deberían sostener la existencia.

La reconstrucción del plato introduce una dimensión ética y política que dialoga con el kintsugi, antigua técnica japonesa que repara las cerámicas rotas resaltando sus grietas en lugar de ocultarlas. En esta tradición, lo quebrado no se disimula: se reconoce y se integra a la memoria del objeto. De manera análoga, el performance sugiere que las vidas atravesadas por el hambre no pueden comprenderse únicamente desde una lógica asistencial que busca corregir la carencia. Lo que se plantea es otra forma de responsabilidad colectiva: reconocer las fisuras que atraviesan ciertas biografías y asumir que su existencia compromete al conjunto de la sociedad.

Cuando el plato vuelve a unirse, las fracturas permanecen visibles. No desaparecen ni se ocultan, se convierten en memoria del quiebre. En esa memoria se instala una intuición que atraviesa toda la acción: la fragilidad no pertenece únicamente a quienes padecen el hambre. Nos pertenece a todos. Porque una sociedad capaz de convivir con el hambre también está, en lo más profundo, rota.

 

Mi motivación para participar nace del interés profundo por el cuerpo como primer territorio político y como herramienta de creación, denuncia y transformación social.
Desde mi experiencia personal y profesional, he estado vinculada a procesos pedagógicos, comunitarios y de defensa de derechos humanos, especialmente con adolescentes y jóvenes en extrema vulnerabilidad. En estos escenarios he comprendido que el cuerpo guarda memorias, heridas, resistencias y potencias que muchas veces no encuentran lugar en los discursos formales. El performance art me resulta una vía poderosa para visibilizar esas narrativas silenciadas y para activar reflexiones colectivas desde lo sensible, lo simbólico y lo político.
Este taller representa para mí un espacio de aprendizaje, experimentación y cuidado, donde el arte no solo se produce, sino que se vive como acto ético y político. Me interesa aportar desde mi experiencia, pero sobre todo dejarme afectar por el territorio, escuchar sus voces y construir acciones que cuestionen, sanen y transformen.

 

Me gustaría contribuir a la transformación de la localidad a partir del reconocimiento del cuerpo, la memoria y el cuidado colectivo como ejes fundamentales para la construcción de un territorio libre y en paz. Creo que la paz no se limita a la ausencia de violencia, sino que se construye cuando existen condiciones de dignidad, participación, escucha y respeto por la diversidad.
Considero que el arte acción puede ser una herramienta clave para resignificar el espacio público, activar diálogos y cuestionar dinámicas de exclusión, estigmatización y violencia normalizada. A través de acciones performativas, es posible interrumpir la rutina, provocar preguntas y generar encuentros entre personas que normalmente no dialogan entre sí.
Me gustaría aportar a procesos que fortalezcan la apropiación del territorio desde el afecto y la corresponsabilidad, promoviendo el cuidado del medio ambiente, la defensa de los derechos humanos y la participación ciudadana activa. Transformar la localidad implica también sanar heridas históricas, reconocer las desigualdades existentes y visibilizar las luchas cotidianas de quienes la habitan.
Imagino un territorio donde el arte sea una forma de resistencia pacífica, donde los cuerpos puedan expresarse libremente sin miedo, y donde las diferencias no sean motivo de violencia sino de aprendizaje. A través del trabajo colectivo, el diálogo intergeneracional y las acciones simbólicas en el espacio público, es posible construir narrativas de esperanza, memoria y justicia social que fortalezcan el tejido comunitario y abran caminos hacia una paz real y duradera

Nataly Robayo Susa

 

Performance

Acción plastica

Arte Corporal

1.Nataly Robayo Susa

2.Andrés Mauricio Mora Sánchez

3.Leonardo González

4.Andrea Carolina Velasco Muñoz

5.Lina María López

6.Shakira Ximena Vega Velasco

7.Ana Sofia Zapata Huertas

8.Junior Antonio Sánchez Rodríguez

9.Joanna Garzón

10.Leonardo Cifuentes Fontecha

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